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    2019-05-14

    Desde el primer momento, los protagonistas de la exploración del Caribe mostraron grandes dificultades para comprender la “inusitada” religiosidad indígena. Al igual que los demás aspectos de las culturas indígenas, la religión de los taínos fue representada por medio de una “retórica de la ausencia” que le permitió al Almirante describir a los pueblos del Caribe a través de una serie de términos con connotaciones negativas o que aludían a supuestos defectos. Desde el 12 de octubre de 1492, la imagen de la desnudez indígena dominó el sistema retórico de la descripción colombina, operando como una especie de metáfora para expresar lo que se percibía como el “vacío cultural” de los pueblos indígenas: Si a la desnudez física correspondía también una simétrica ignorancia racional, ésta podía ser considerada “aceptable” ya que representaba a los indígenas de una manera “positiva”, es decir, a través de la puesta en escena de una corporeidad agradable y armoniosa. Por supuesto, este lado positivo se expresaba sólo con la condición de simbolizar la mansedumbre de los indígenas, su falta de agresividad y su supuesta natural propensión para ser dominados. En esta perspectiva, la lista de connotaciones defectuosas proporcionada por Colón se incrementó dramáticamente ya en las primeras páginas del Diario: los taínos son “gente muy pobre de todo”, “sin armas y sin ley”, pero, sobre todo, el Almirante cree que “ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían”. Aunque es evidente que la “desnudez ontológica” de los taínos no describe o identifica una verdadera diferencia cultural, en el texto colombino representa la señal de su exclusión de la vida racional y política. Como resultado, su recuperación sólo es posible siempre y cuando los indígenas muestren una completa aceptación de la tutela europea. En este marco conceptual, la ausencia de una religión en los pueblos del Caribe es el producto de un discurso Silmitasertib que procura entregar a los soberanos católicos la imagen de una conquista factible que no encontrará resistencias ni obstáculos. Sin embargo, las estrategias retóricas que Colón utilizó para describir a alveoli los indígenas del Caribe y a sus sistemas religiosos habrían sido puestas en tela de juicio por el encuentro con la realidad empírica. Durante el primer viaje, se encuentran muchos indicios de la incapacidad del Almirante para entender los elementos contradictorios que aparecen frente a sus ojos. Detengámonos, por ejemplo, en la famosa descripción de un espacio sagrado que Colón encontró el 3 de diciembre de 1492: Dos elementos de esta descripción presentan enorme interés histórico-re-ligioso. El primero está representado por la tentativa espontánea de insertar este edificio (en un principio definido como “casa”) en una elemental grilla conceptual, que permitiría reconocer a un templo en cada espacio sagrado (un edificio dedicado al culto) y, en consecuencia, le consentiría considerarlo como un lugar para rezar. En segundo lugar, es posible apreciar un revelador cortocircuito conceptual cuando Colón no parece conocer las palabras adecuadas (“por una cierta manera que no le sabría dezir”) para describir la naturaleza y la función del edificio. Se trata de un “silencio conceptual” que representa la señal de una confusión hermenéutica que sólo puede fluctuar entre el reconocimiento de la “hermosura” del edificio (una función “estética”) y la pregunta acerca de su función (que el Almirante sospechaba de carácter religioso). Es por esta razón que la crónica del fraile jerónimo Ramón Pané representa, por voluntad misma del Almirante, un intento de proporcionar una respuesta a estas preguntas acerca de la naturaleza de la vida religiosa de los pueblos del Caribe. Colón creía, pues, que era necesario nombrar a un religioso para tratar de entender si los taínos vivían sin religión, como le había parecido durante el primer viaje, o si por el contrario se encontraban entre ellos claros signos de idolatría.