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    2019-04-15

    Ante la falta de un ambiente estimulante para la producción de un pensamiento crítico y una conciencia social, Pablo Molinet (1975) escribe: “Quizá nuestra época nos dejó hablando solos” (93). No es de extrañar: luego de 1968, las concentraciones de jóvenes fueron vistas como un peligro y se dispuso de planes muy ambiciosos para generar dinámicas relacionales entre ellos que estorbaran la formación de movimientos sociales. Hoy vemos cumplidos estos planes con los nacidos entre 1975-1985: cuando los nombres de estos escritores coinciden en una revista, siempre es dentro de un marco institucional y académico. Cuando coinciden en un concurso literario o en los procesos de solicitud de becas de creación, difícilmente pueden pensar en una dinámica relacional diferente apigenin la competencia entre ellos (el enemigo no es el sistema político que los convoca, sino cada uno de los aspirantes). Cuando van juntos a una lectura, responden en realidad a una convocatoria y a la necesidad de nutrir un currículum profesional; cuando escuchan a sus compañeros, ejercen de jueces para no repetir la fórmula en una angustia continua de las influencias no con los padres (en la conocida fórmula de Harold Bloom), sino con sus contemporáneos; incluso en las páginas más democráticas se pasa por un proceso de selección y rating. No hay causas comunes y no puede haberlas cuando el reconocimiento poético depende de la competencia constante (por becas, por premios, por puntos en el currículum). La inyección de fondos públicos se transformó a corto plazo en la “grafomanía” de una clase media (Cohen: 219-220 y Flores: 58-59) y, a mediano plazo, en “la grafomanía de nuestra analfabeta sociedad” (Herbert 2010: 18), lo que para los verdaderos poetas, en un cauce de profesionalización, solo significa más tráfico y una competencia mayor en el de por sí ya concurrido mundo de la poesía. El embotellamiento poético no trae consigo, por supuesto, una nómina más amplia de lectores y aquí vuelve a resultar pertinente el “Quizá nuestra época nos dejó hablando solos” (Molinet: 93). Hoy, la poesía no aparece en los titulares de los periódicos e, incluso en publicaciones especializadas sobre poesía centradas en la nota o la reflexión, cuesta trabajo encontrar poemas (Krauss 2010) y al periodismo cultural es lo que menos le importa (Zaid 2013: 59-65). En el terreno de la educación, la inversión pública no ha tenido consecuencias directas entre los lectores (Zaid 2013: 59-65 y 86-95), lo que restringe el consumo a los escasos lectores aptos (Guerrero: 92-94): un grupo reducido de poetas jueces (en los concursos literarios), de poetas administradores (en los procesos de selección para becas), de poetas editores (dentro de varias colecciones de poesía), de poetas que desean estar informados sobre lo que escribe la competencia, de poetas aficionados que aspiran a publicar, etc. Esta generación escribe, en suma, para un público especializado; lo que llama Mario Bojórquez “lectores profesionales” (212) y Hernán Bravo Varela, “el gusto de sus colegas y especialistas, la protección del aparato cultural” (2010: 53). ¿Esto es malo? No, pero forma un círculo vicioso: al reconocerse como un público restringido y bien identificado por su capacidad lectora, la competencia para distinguirse unos de otros termina en el callejón sin salida de una poesía que fácilmente puede llegar a los extremos expresivos, a menudo incomprensible fuera del grupo de iniciados; cuando los poetas asumen que serán leídos por otros poetas con igual o mayor entrenamiento poético (por ejemplo, en un concurso), resulta fácil también asumir que comparten con este público especializado un lenguaje cifrado por la intertextualidad, las correspondencias, las alusiones ingeniosas, etc., y escribir de acuerdo a ello. El más original tendrá más posibilidades de ganar. Como apunta Jorge Fernández Granados, el poeta pasa de la plaza pública al laboratorio y escribe, en consecuencia, con el lenguaje de los especialistas (2005: 29-31). Escribir para lectores especializados genera un lenguaje especializado que se desentiende del lector común. No se trata, por supuesto, de algo que puede achacarse solo a esta generación: en 1989, Octavio Paz defendía al público de la poesía que resultaba escaso, pero leía mucho mejor; ecos de esto pueden escucharse hasta en Josu Landa (2010: 111-112). Este paradigma de lectura, algo narcisista, debería revisarse desde la perspectiva de las estrategias de composición que produce (por ejemplo, Higashi en prensa) y no solo como una queja o un indicio saludable según el lado de donde se vea.